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Coincidiendo con l. a. conmemoración de 2011 como Año Ruso, Alba recupera las memorias del hombre que mató a Rasputín. El príncipe Félix F. Yusúpov, que en su momento fue el hombre más rico de Rusia retrata l. a. caída del régimen zarista a l. a. vez que compone una crónica social de los grandes fastos que rodearon su vida. Un elocuente retrato de l. a. vida aristocrática en l. a. antigua Rusia y de l. a. caída del imperio del Zar.

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Una sonrisa de satisfacción iluminaba su rostro, y su tono de seguridad delataba su certeza de tenerme, desde ese momento, bajo su keep watch over. De repente me agarró del brazo y tiró hacia arriba. Yo me incorporé y me senté. Me daba vueltas l. a. cabeza y me sentía débil. Haciendo un esfuerzo, me puse en pie y di unos pasos. Tenía las piernas como paralizadas, no me obedecían. Rasputin seguía observando cada uno de mis movimientos. –Es l. a. gracia de Dios –me dijo por fin–, pronto verás como te sientes mejor. Cuando me despedí de él, me hizo prometerle que volvería pronto. Después de esa sesión de hipnosis fui a ver a Rasputin muy a menudo. los angeles «cura» continuaba, y l. a. confianza que el stárets me tenía no hacía sino aumentar. –Querido, eres de verdad un hombre con mucho juicio –me dijo un día–. Lo entiendes todo enseguida. Si quieres, te nombraré ministro. Ese ofrecimiento me desconcertó. Sabía que le resultaba fácil satisfacer sus más mínimos caprichos, y yo period consciente del ridículo escándalo que sería para mí l. a. protección de ese hombre. Le contesté riendo: –Le ayudaré encantado, pero se lo ruego, no se le ocurra nunca nombrarme ministro. –¿Por qué te ríes? ¿Acaso imaginas que no puedo hacer lo que digo? Yo lo puedo todo; hago lo que quiero, y todo el mundo me obedece. Ya verás, serás ministro. Hablaba con una seguridad que me preocupó seriamente. Ya veía el asombro normal el día en que los periódicos anunciaran ese nombramiento. –Se lo suplico, Grigori Yefímovich, no lo haga. ¡Vaya un ministro sería yo! Y además, ¿para qué? Es mucho mejor que lo ayude sin que nadie lo sepa. –Tal vez tengas razón –me contestó–, será como tú quieras. –Y añadió–: Pero mira, que sepas que no todos razonan como tú. l. a. mayoría de los que vienen a verme me dicen: «Consígueme esto, consígueme lo otro». Todos desean algo. –¿Y cómo satisface esas peticiones? –Los envío a ver a algún ministro u otro personaje influyente con una carta mía. A veces los envío directamente a Tsárskoie Seló. Así es como reparto los cargos. –¿Y los ministros lo obedecen? –Todos –exclamó Rasputin–, todos me deben su puesto. ¿Cómo quieres que no me obedezcan? Saben bien que, si no se muestran dóciles, acabarán mal… Todos me temen, todos sin excepción –prosiguió, tras un momento de silencio–. Para imponer mi voluntad me basta con dar un fuerte puñetazo en los angeles mesa. Así es como hay que trataros a vosotros, los aristócratas. Envidiáis que me pasee por el Palacio con mis gruesas botas de campesino. Sois todos unos desdeñosos, y es el desdén, querido, los angeles semilla del pecado. Si quieres serle agradable a Dios, ante todo debes reprimir tu sentimiento de orgullo. Soltó una risita cínica. Estaba como achispado y con ganas de sincerarse conmigo. Me confió entonces los medios que empleaba para domeñar el orgullo: –Así que ya ves, querido –dijo, mirándome con una extraña sonrisa–, las mujeres son peores que los hombres, hay que empezar por ellas. Sí, así es como procedo, llevo al cuarto de baño a todas las señoras. Les digo: «Ahora desnúdese y lave al mujik». Si me vienen con remilgos, no tardo en convencerlas y… el orgullo, querido, no dura mucho.

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